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La memoria del cuerpo: cuando entender no es suficiente

Quizá te resulte familiar. Has hablado mucho de lo que te pasa. Sabes de dónde viene y puedes contarlo con claridad, incluso con cierta distancia. Y aun así, cuando llega la situación de siempre, algo en ti reacciona antes de que puedas pensar: el pecho se cierra, la mandíbula aprieta, la voz se apaga.
No es falta de voluntad ni de comprensión. Es que una parte de la historia no está escrita en palabras.
El cuerpo es la mente inconsciente.Candace Pert
Lo que el cuerpo recuerda
Cada experiencia deja una huella. Las que pudimos digerir se integran y siguen su curso. Las que fueron demasiado, porque llegaron muy pronto o porque las vivimos sin nadie al lado, quedan inscritas en otro nivel: en la forma de respirar, en el tono de los músculos, en lo que tarda el sistema nervioso en calmarse después de un susto, en lo disponibles que estamos para el contacto.
Ese nivel es más antiguo que el pensamiento. Se formó cuando aún no teníamos lenguaje para nombrar lo que ocurría, y por eso no responde del todo al lenguaje. Puedes entender perfectamente por qué te cuesta poner límites y, al mismo tiempo, notar cómo el cuerpo se encoge cada vez que lo intentas.
Wilhelm Reich lo llamó coraza. Alexander Lowen y John Pierrakos desarrollaron después una lectura de cómo la historia de cada persona va dando forma a su cuerpo. Hoy la teoría polivagal pone otro lenguaje a algo que muchas tradiciones intuían: el cuerpo no solo acompaña nuestra biografía, la lleva consigo.
La coraza no es lo que está mal en el cuerpo. Es lo que el cuerpo hizo para que la vida pudiera seguir.
Un cambio en la forma de mirar
Cuando el cuerpo entra en el trabajo terapéutico, podría parecer que solo añadimos una capa más de información, algo que observar junto a los pensamientos y las emociones.
El cambio es más hondo. Ya no se atiende solo a la psique, sino al organismo entero: cómo respira esa persona, dónde se tensa, cuánto tarda en volver a la calma, cómo se acerca o se retira cuando alguien la mira de verdad.
Y la pregunta de fondo se transforma. Ya no se trata solo de entender qué te pasó, sino de descubrir dónde sigue pasando. La transformación no ocurre únicamente en lo que pensamos. Hay un lugar más antiguo y más decisivo, donde habitan las huellas que nos han dado forma, y para llegar ahí hace falta otra clase de presencia.
Acompañar desde el cuerpo no es añadir técnicas. Es cambiar el lugar desde el que se mira.
Cómo es este trabajo en sesión
En la práctica es algo sencillo y, a la vez, exigente: escuchar lo que el cuerpo dice mientras hablas. Un suspiro que llega justo al nombrar a alguien. Unas manos que se cierran. Una respiración que se queda arriba, sin bajar al vientre.
A partir de ahí, la sesión puede abrirse a la respiración, al movimiento o a la expresión de algo que llevaba tiempo contenido. A veces basta con quedarse con una sensación el tiempo suficiente para que muestre lo que guarda. Sin forzar nada, y respetando el ritmo de tu sistema nervioso, que sabe mejor que nadie cuánto puede abrirse cada vez.
Lo que suele aparecer no es tanto un recuerdo nuevo como una forma distinta de habitar lo ya conocido. La comprensión deja de ser una idea y se convierte en experiencia.
Más allá de la herida
Cuando el cuerpo puede soltar lo que sostenía, no solo se alivia un síntoma. Se libera la energía que estaba ocupada en defenderse, y esa energía vuelve a estar disponible para la vida: para el contacto, para el placer, para crear, para sentirse presente.
Por eso entiendo el cuerpo como una puerta. Lleva hacia nuestra historia y también hacia aquello que somos más allá de ella. Desde la mirada transpersonal, el trabajo corporal no se detiene en la herida. La atraviesa, y al otro lado aparece un espacio más amplio y luminoso.
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Laureano Jiménez · Terapeuta Transpersonal · Cádiz